Cuando finalizan las guerras solo se juzga a los perdedores, como si estos hubieran sido los únicos que han cometido atrocidades durante la confrontación armada. Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, los perdedores tuvieron su Juicio de Núremberg, donde justamente se castigaron los crímenes contra la humanidad cometidos por los nazis durante la mencionada guerra. Otros muchos quedaron impunes, no se consideraron.

No hubo ni ha habido tribunales que juzguen el acto más aberrante de la historia de la guerra, el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Una acción justificada como militar, como acto de guerra, y así aceptada por imposición de los vencedores capitaneados por Estados Unidos. Los que ordenaron el bombardeo han pasado a la historia sin que su (presunto) crimen de guerra y contra la humanidad haya sido juzgado.

La guerra de por sí ya es un acto aberrante, una locura colectiva que provocan los intereses de unos pocos, para su propio beneficio, y a la que arrastran a los demás con argucias y falsedades como la defensa de no sé qué patrias o no sé que dioses. Pero la guerra nuclear es la más degradante de la conciencia humana. 

El seis de agosto de 1945, con el bombardeo de Hiroshima con una bomba nuclear (tres días después se lanzó otra sobre Nagasaki) se confirmó que algunos hombres no tienen escrúpulos a la hora de fabricar armas de destrucción masiva capaces de acabar con la especie humana.

No es ninguna exageración, actualmente, las armas nucleares en el mundo tienen la capacidad de acabar con la vida tal y como la conocemos en nuestro Planeta. Y parece que es algo normal, una carrera de armamentos que puede conducir a la autodestrucción. Unas armas en manos de personajes que demuestran a diario con sus discurso y actuaciones que podría ordenar disparar todo ese arsenal de muerte si las (sus) circunstancias lo requirieran.

Hoy es un día para recordar que una ciudad, con millares de personas inocentes, fueron víctimas de una masacre injusta e innecesaria, por mucho que se argumente lo contrario. El fin justificó los medios. La excusa de evitar más víctimas provocando con el bombardeo atómico es solo una pobre justificación. Detrás del lanzamiento de las bombas estaba la demostración del poderío: “mirad el arma que tengo, ya nadie se atreverá a levantarme a voz”.

Un mensaje dirigido no tanto a Japón, ya derrotado, sino a la Unión Soviética, competidora norteamericana por el poder mundial. Así los soviéticos no tardaron en unirse al club de la aberración nuclear. En una carrera de armamentos nucleares sin precedentes las grandes potencias militares se han dotado de estas mortíferas armas de destrucción masiva.

A pesar de los esfuerzos para su reducción y eliminación, los poseedores de armas nucleares y sus aliados se niegan a firmar el Tratado sobre la Prohibición Armas Nucleares, aprobado el 7 de julio de 2020 en las Asamblea General de las Naciones Unidas (entre los no firmantes el propio Japón y España). No se puede perder la esperanza para acabar con que la locura y los intereses de unos pocos conduzcan a la destrucción de la humanidad. No se puede consentir como válido el equilibrio del miedo que dicen proporcionar las armas nucleares. Si existen, pueden ser empleadas.

Hoy es tiempo para recordar a las víctimas de las bombas atómicas (y de todas las víctimas de las guerras) y es tiempo para aprender, para reclamar la eliminación de las armas nucleares, para fomentar una vez más la cultura de paz.

SI QUIERES LA PAZ EDÚCATE, EDUCA Y TRABAJA PARA LA PAZ

Javier Jiménez Olmos

6 de agosto de 2020

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