La crisis socioeconómica del periodo entre las dos guerras mundiales fue la gran potenciadora del fascismo y del nazismo. La crisis económica del mundo globalizado, agravada por la pandemia, es ahora la responsable del auge de los extremismos populistas reaccionarios. Este fenómeno se da con intensidad creciente en los países democráticos con sistemas neoliberales. Estos movimientos populistas reaccionarios son difíciles de encasillar dentro de una determinada corriente ideológica, aunque por algunos de sus postulados y comportamientos podrían calificárseles de pseudo fascistas o neofascistas.

La crisis socioeconómica y sanitaria está conduciendo a una precarización del empleo todavía más aguda que en el periodo anterior a la pandemia. La bajada del nivel de vida, consecuencia de la pérdida de empleo, conduce a la pobreza. Las clases sociales perjudicadas, comprueban que sus problemas no los resuelven los partidos tradicionales a los que siempre habían votado. Les culpan de todos los males que sufren. La propaganda manipuladora, la demagogia del populismo reaccionario contribuye a fomentar el descontento.

El populismo reaccionario recoge cualquier tipo de descontento y elabora una “amalgama del descontento” en la que siempre se puede encontrar una representación del problema propio. Esta nueva tipología movimiento reaccionario aglutina sentimientos contrarios a la globalización, a la inmigración, al islam, a los de diferente raza, a la comunidad LGTBI y a las mujeres.

El populismo reaccionario es contundentemente nacionalista, en el sentido más perverso de la palabra, por excluyente y egoísta. Se viste con banderas nacionales, a las que considera su propiedad, para solucionar todos los males. El populismo reaccionario se alimenta de la provocación, de la violencia verbal, de la violencia cultural. Y, por último, hace uso de los medios de comunicación y, sobre todo, de las redes sociales, para expandir su propaganda con mensajes simples, que vayan directamente a las emociones (o a las tripas)

Ante tal cúmulo de despropósitos nos podemos hacer la pregunta de cómo actuar. En primer lugar, diría que no hay que entrar en el juego de la violencia, siempre responder con argumentos y con educación. Ya sé que es difícil cuando se debate con personas agresivas y carentes de argumentación, sin embargo, hay que intentarlo, no se puede quedar a la misma altura que los violentos, aunque su violencia sea solamente verbal.

Desde el convencimiento que la cultura de paz es la mejor manera para neutralizar la violencia, hay que persistir en fomentar el diálogo y la educación. La educación es el mejor antídoto contra la violencia, sin educación no se puede conseguir diálogo. Es una tarea constante, un trabajo diario el de intentar desmantelar los movimientos racistas, xenófobos, islamófobos, nacionalistas u homófobos con argumentos, con serenidad, con humildad y con asertividad.

Nos encontramos en un momento de la historia en el que la pandemia del covid 19 ha provocado una crisis que no tiene precedentes desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El crecimiento de movimientos de corte fascista (si no en su totalidad, sí en algunos de sus comportamientos) no son una solución para el grave problema económico, sanitario y social al que se enfrenta la humanidad. Más, aún constituyen una amenaza para la paz, tanto a nivel nacional como internacional.

La pandemia ha agudizado la crisis estructural del capitalismo en las sociedades occidentales, lo que está provocando más violencia cultural. Es decir, la pandemia causa mayores desigualdades sociales y más pobreza. La propaganda del poder establecido hace creer que la culpa es del “otro”, del diferente, de los más débiles, lo que se justifica con la violencia cultural de la superioridad racial, étnica o incluso religiosa. Esta violencia cultural se transmite a través de la violencia verbal de los discursos del odio.

La violencia estructural, la violencia cultural y la violencia verbal son la antesala de la violencia directa, la violencia física, la que destruye, hiere o mata.

Nota.- Escribo estas reflexiones desde la inquietud y preocupación por la creciente oleada de violencia verbal, que en España está conduciendo a incrementar el odio. Creo que ha llegado el momento en que las personas (la gran mayoría de las personas) sean de izquierdas o de derechas tienen (tenemos) que distanciarnos de la agresividad verbal y reconducir nuestros debates por la línea de la argumentación documentada, y del respeto. No queda otro camino para la paz.

Javier Jiménez Olmos

24 de abril de 2021

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