El papa Francisco, durante una homilía pronunciada el pasado sábado (13 de septiembre de 2014) para recordar a los caídos en la Primera Guerra Mundial, afirmó que se puede decir que en la actualidad está teniendo lugar una tercera guerra mundial: “Hoy, tras el segundo fracaso de una guerra mundial, quizás se puede hablar de una tercera guerra combatida por partes, con crímenes, masacres, destrucciones”.images

El Pontífice también afirmo que hoy en día hay muchas víctimas como consecuencia de la convergencia de “intereses, estrategias geopolíticas y codicia de dinero y de poder”. Además criticó claramente a la industria armamentística a la que calificó de “planificadores del terror” y de “organizadores del desencuentro”.

Siempre que alguien ha denunciado de una manera tan tajante al poder dominante, ha sido desprestigiado, maltratado, excluido o eliminado. El poder no permite que nadie le pueda mermar de su capacidad para dirigir la vida de los demás a sus antojos con el fin de conseguir sus bastardos intereses.

Pero Francisco, no pierde el tiempo y seguramente sabe de los riesgos que corre, de los peligros que le acechan. El Papa siempre se manifiesta con una doctrina que comparten muchos de los que sus antecesores alejaron de la Iglesia. Lo hace de una manera sencilla, con un mensaje comprensible que toma del Evangelio.

No necesita recurrir a ideologías o filosofías, no requiere de ideas políticas superadas por el tiempo. Los criticados se siente aludidos, algunos de ellos lo tachan de “rojo” o “populista”. Es posible que no entiendan nada de lo que ha sucedido y está sucediendo en el mundo. El Papa trata de conectar con un mensaje de paz y esperanza basado en la justicia social.

No se trata de un político porque no deja de ser religioso, pero entiende la religión como algo integrador, como fuente de amor hacia los demás, como fuente de alegría, de comprensión, de tolerancia, de respeto. La religión para elevar la dignidad del ser humano.

De sus palabras y de sus escritos se deduce que no comulga con un sistema que conduce a la desigualdad, a la pobreza, a los conflictos y finalmente a la guerra. Por eso denuncia la industria armamentística, causante de tanta desgracia para la humanidad. Una industria en manos de los poderosos, del “poder”.

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Y hace esta denuncia en un momento de la historia donde en nombre de la seguridad renace “la guerra fría” y “el choque de civilizaciones”. La seguridad para que los Estados se rearmen e incrementen sus presupuestos de defensa para luchar contra enemigos exteriores. En nombre de la democracia y de la libertad hay que dotarse de más instrumentos de guerra, proclaman los representantes del “poder” de algunos Estados, mientras que de un modo cínico niegan a millares de sus conciudadanos esa democracia y esa libertad, y abusan de los más débiles y les condenan a la pobreza en nombre del nuevo becerro de oro: “el mercado”.

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La seguridad militarista al servicio del poder, la seguridad militarista en lugar de la seguridad humana al servicio de las personas, de su libertad, de sus derechos, de su bienestar. El poder militar para solucionar mediante la violencia lo que se pudo prevenir con sociedades más justas.

Tiene valor el jesuita Jorge Mario Bergoglio para denunciar ante la opinión pública las miserias del sistema socioeconómico vigente.

Tiene valor y coherencia para seguir la doctrina de quien se sacrificó por no claudicar ante el poder de su tiempo y ponerse del lado de los pobres.

Ver en este mismo blog el artículo “EL TRATADO SOBRE EL COMERCIO DE ARMAS” en:

http://jjolmos.wordpress.com/category/gastos-militares/

Javier Jiménez Olmos

14 de septiembre de 2014

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