La política exterior norteamericana ha sido una constante imposición de sus intereses a lo largo del pasado siglo y lo que llevamos de este. Especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, para consolidarse como primera potencia mundial en competición con la extinta Unión Soviética (URSS), los presidentes norteamericanos no han dudado en emplear su poder económico, tecnológico, cultural y militar cuando la ocasión ha requerido sustituir regímenes políticos hostiles por otros complacientes con sus ambiciones. El intervencionismo a la carta, siempre con una excusa “democrática o humanitaria”, ha acabado con aquellos que según su “criterio democrático” obstruían los intereses comerciales de las grandes corporaciones norteamericanas, o eran un obstáculo estratégico militar que taponaba las aspiraciones económicas de esas grandes compañías. Los intereses económicos necesitaban del poder militar, como ya había sucedido durante la expansión de los grandes imperios del siglo XIX.

Durante la Guerra Fría, desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta la desaparición de la URSS en 1991, los Estados Unidos habían encontrado una fuerte resistencia para imponer sus dictados en todo el mundo. Los soviéticos, también actuaba en sus zonas de influencia de manera decisiva para imponer sus reglas, como los norteamericanos lo hacían en las suyas. Pero una vez que la URSS colapsa, los Estados Unidos comienzan un periodo de hegemonía mundial, donde sus normas se hacen universales. Aquellos países, o líderes de esos países, que no se avienen a sus dictados se convierten en “indeseados” a los que hay que eliminar. El criterio para decidir quiénes son y quiénes no son “respetables” es exclusivo de la potencia hegemónica, es arbitrario, y solo obedece a la economía y estrategia norteamericana del momento o del futuro. Dictaduras de las que había que “liberar” de sus dirigentes como Afganistán, Irak, Irán, Libia, Siria o ahora Venezuela. En cambio, nada que objetar a las “democráticas” monarquías del Golfo Pérsico o al mismo Estado de Israel, por poner algunos ejemplos.

Nada que objetar a la escasa calidad democrática del régimen de los ayatolas, pero Irán es el un ejemplo más del acoso y derribo interesado por parte de los Estados Unidos, los dirigentes norteamericanos, con su presidente Trump a la cabeza, están determinados a que en Irán se gobierne de acuerdo con la política exterior que reclama la Casa Blanca. La hoja de ruta es de manual: sanciones económicas, presión internacional y amenaza militar. La excusa de la expansión de la democracia se propaga a través del espacio mediático, del que casi siempre sale victorioso el poder dominante, y es aceptada por la comunidad internacional como dogma de fe indiscutible. No hay tiempo para pensar en las graves consecuencias para la población del país afectado (en este caso Irán) por las sanciones económicas y del desastre total al que conducen las intervenciones militares, las guerras preventivas o invasivas. Parece que ciertos sectores políticos y sociales aceptan con fatalismo divino, que no hay otra solución que la imposición violenta de la doctrina estadounidense.

Irán vuelve a estar en el foco mundial porque Estados Unidos ha decidido, una vez más, defender sus intereses económicos y estratégicos en Oriente Medio. En realidad Irán siempre estuvo en su punto de mira, con excepción del tiempo de la dictadura de Sha Reza Pahlevi (1941-1979), que fue su incondicional aliado en la región. Irán desde la revolución de 1979 ha sido enemigo declarado, no solo por la hostilidad hacia Estados Unidos del régimen teocrático de los ayatolas, sino porque Irán amenaza a dos de sus más firmes aliados en Oriente Medio, a saber Arabia Saudí e Israel, y también porque Irán tiene el apoyo de la reemergente Rusia de Putin y de la imponente China de Xi Jinping. El peligroso juego del poder mundial centrado en Irán.

Como punto de partida para esta nueva confrontación se toma la negociación sobre el tratado nuclear, el pacto sobre el programa nuclear, su desarrollo con la vuelta de Irán a la comunidad internacional como amigo, la denuncia del tratado por parte de Estados Unidos y la posterior denuncia por parte iraní.

¿En qué consiste el tratado sobre el programa nuclear de Irán?

  • Este tratado nuclear tiene el nombre oficial de Plan Integral de Acción Completa. Es un acuerdo que establece la renuncia de Irán a la fabricación de armas nucleares a cambio de la supresión de las sanciones que sobre este país pesaban por ese desarrollo armamentístico.
  • Lo firmaron en julio de 2015 seis países –Alemania, China, Francia, Reino Unido, Rusia y Estados Unidos- más representantes de la Unión Europea.
  • El tratado abría el camino para la recuperación de la deteriorada economía iraní y su apertura a la comunidad internacional

¿Por qué se retiro Estados Unidos del tratado sobre el programa nuclear de Irán?

  • La retirada norteamericana de este tratado se efectuó en mayo de 2018. El presidente Trump alegó que Irán estaba violando el tratado y actuando contra los intereses norteamericanos en Oriente Medio.
  • Trump argumentaba que desde Irán se apoya y exporta el terrorismo y la violencia. Así mismo acusó a los iraníes de emplear los beneficios del levantamiento de sanciones para potenciar el desarrollo de misiles balísticos.

¿Cuáles han sido las consecuencias de la retirada norteamericana del tratado sobre el programa nuclear de Irán?

  • La más inmediata e importante consecuencia ha sido la reimposición de nuevas sanciones a la economía iraní, a través de la congelación de activos de la venta de petróleo
  • La reducción de los ingresos de las exportaciones repercuten sobre toda la economía e industria del país, y se vuelven a producir escasez de bienes, desempleo e inflación.
  • Los precios del petróleo se vieron afectados al alza inmediatamente después de la retirada estadounidense. Esto repercutió entre los principales compradores de crudo iraní como China (lo que puede interpretarse también en calve de guerra comercial Estados Unidos-China)

Irán se retira del tratado nuclear

Casi coincidente con el cuarenta aniversario de la revolución iraní, en febrero de este 2019, el presidente norteamericano propicio una conferencia en Varsovia para conseguir apoyo contra el régimen iraní. Fue un paso más para la desestabilización de la teocracia iraní. Sin embargo, no dio todos los frutos esperados y la representante de de la UE, Federica Mogherini, no asistió, como tampoco lo hicieron máximos representantes de terceros países europeos. Pero Trump seguía en su posición agresiva con respecto al tratado, a pesar de que la Organización Internacional de la Energía Atómica, responsable del cumplimiento del tratado, había informado que Irán había, reducido como convenido su programa nuclear.

El 8 de mayo de este año (2019) el presidente Rohani anunció que dejaba de limitar las reservas de agua pesada y uranio enriquecido, tal y como se establece en el tratado nuclear, en respuesta a la retirada americana y las nuevas sanciones que conllevaba. Con el fin de asegurar que el resto de los países firmantes (Alemania, China, Francia, Reino Unido, Rusia, UE) del tratado que no lo habían abandonado no siguieran las sanciones norteamericanas, les daba un plazo de 60 días para cumplir sus compromisos con relación las ventas de petróleo y las finanzas. No obstante, a Irán no le conviene el abandono total del tratado y busca la vía de la negociación,  además del apoyo de China y Rusia, que le son indispensables. A la UE europea tampoco le interesa la cancelación del tratado ya que alguna de sus grandes empresas energéticas, automovilísticas, aeronáuticas o de servicios podrán verse afectadas por las sanciones.

Estados Unidos, con la política agresiva de su presidente Trump, enardece las relaciones internacionales hasta el punto de llevarlas al límite de la paz. Los despliegues militares, esta vez en el Golfo Pérsico, son el preludio de vientos de guerra. Es de esperar que la gran nación norteamericana tenga los mecanismos democráticos necesarios para frenar los impulsos guerreros de su presidente de turno. La democracia no se impone con muros o amenazas, mucho menos con agresiones. Hay que dar una oportunidad a la paz mediante la negociación. El pueblo iraní se lo merece. La UE tiene que apostar por ese camino.

Javier Jiménez Olmos

12 de mayo de 2019

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