¿Cómo podemos pensar en esperanza de paz si al despertarnos cada mañana nos encontramos con noticias alarmantes de provocaciones y acciones militares? Puede cundir el desánimo y entregarnos al pesimismo o, por el contrario, levantar el ánimo y seguir trabajando a diario para hacer de este mundo un lugar de convivencia pacífica, donde la dignidad humana, los derechos humanos y el respeto a la legalidad internacional sea la principal bandeara a ondear.

Y es responsabilidad, no solo de los líderes políticos, sino de todos nosotros, principalmente en los países democráticos, donde tenemos la capacidad de elegir y manifestar nuestras opiniones libremente. Pero, no siempre es así y las democracias consienten, los demócratas consentimos, con nuestra complicidad o nuestro silencio.

La II Guerra Mundial finalizó con el aberrante e innecesario lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki, justificadas por la conveniencia de acabar con la resistencia japonesa y ahorrar vidas humanas. Argumentos aceptados sin discusión en su momento por las sociedades democráticas. Aunque siempre ha habido críticas por determinados grupos sociales, los líderes que ordenaron semejante atrocidad no han sido ni tan siquiera juzgados, por lo que a todas luces fue un crimen de guerra.

Tampoco se juzgó, a los mandatarios que diseñaron y ejecutaron los terribles bombardeos sobre ciudades alemanas, sin ser objetivos militares concretos, causando millares de víctimas inocente entre la población civil. Más aún, los ejecutores (me refiero a los mandos principales) han sido considerados héroes nacionales en los países vencedores de esa guerra mundial.

Las democracias, justificaron esos presuntos crímenes de guerra como algo necesario para combatir el nazismo. El fin justifica los medios, defender la democracia los derechos humanos y la libertad a toda costa, sin importar el sacrificio de millones de inocentes. ¿Algo similar a lo que sucede en Gaza? El Gobierno de Israel justifica las matanzas para acabar con el terrorismo. No importa si con ello se acaba con millares de seres humanos inocentes.

Y es que en nombre de la democracia se realizan a veces operaciones militares que poco tienen que ver con la principal premisa para ser demócrata y no es otra que el respeto a los derechos humanos y la legalidad internacional.

Las Naciones Unidas, creadas finalizando la guerra mundial en 1945, tenían, y siguen teniendo, como principal objetivo acabar con las guerras, resolver los conflictos por medios pacíficos. Pero son los Miembros Permanentes del Consejo de Seguridad los que menos contribuyen a la paz, históricamente y principalmente Estados Unidos y la antigua Unión Soviética, ahora su sucesora Rusia.

Pese a la opinión mayoritaria de la Asamblea General de la ONU, contraria a la impunidad de algunos estados en lo que se refiere a agresiones armadas, el Consejo de Seguridad no se define para sancionar y condenar tajantemente esas agresiones que vulneran derechos humanos y legalidad internacional. Amparados por el derecho de veto Estados Unidos y Rusia, principalmente boicotean cualquier resolución que afecte a sus intereses o las de sus aliados, sin importar la gravedad de esas agresiones.

No obstante, esas potencias, pueden aplicar correctivos militares o económicos en sus órbitas de influencia a aquellos que consideren vulneran tratados internacionales o derechos humanos. La antigua Unión Soviética lo hacía, su sucesora Rusia en mucho menor medida. No así Estados Unidos que con su inmenso e indiscutible poder militar y económico, actúa como juez y parte allá donde le conviene. Así, Occidente a las órdenes de la Casa Blanca condena y sanciona a Rusia por la invasión ilegal e inhumana de Ucrania, pero permanece impasible ante las acciones israelís sobre Gaza y Cisjordania.

La paz siempre es posible, cuando se tiene como principal objetivo, cuando los seres humanos, su dignidad, su bienestar y su libertad están por encima de cualquier interés político o económico. Para eso es necesario comenzar por abordar cómo elegimos a determinados líderes políticos en los países donde se pueden elegir.

Hay que comenzar por analizar sus discurso y comportamientos, y también por revisar los nuestros. La violencia no nace en el vacío, esos líderes a los que me refiero utilizan metodologías estudiadas para modificar comportamientos, para enturbiar las relaciones humanas y conseguir el grado de agresividad que consideran ideal para sus fines.

Los seres humanos somos vulnerables ante determinadas propagandas, por coincidir con nuestra forma de pensar o por no reflexionar con la prudencia necesaria para no dejarnos embaucar por soflamas dirigidas a influir en nuestros más bajos instintos. La pedagogía es fundamental a la hora de trabajar contra la manipulación. No hay que desistir, a pesar de lo poco propensas que son algunos medios de comunicación, como las redes sociales, a los debates documentados, argumentados y respetuosos.

Curiosamente en la que se dice principal democracia del mundo, Estados Unidos, su máximo dirigente no parece ser una persona muy dada a ese debate sosegado y respetuoso, algo que sin duda se trasmite y se contagia en sus aliados occidentales, bien sea por convicción y concordancia, o por miedo a posibles represalias económicas o de otro tipo.

No obstante, este comportamiento arrogante no es exclusivo del actual morador de la Casa Blanca. Entre sus predecesores, demócratas o republicanos, también ha habido dirigentes que han (¿presuntamente?) la legalidad internacional. Además de los mencionados bombardeos, recientemente, en 1999, los norteamericanos decidieron bombardear Serbia, alegando que se estaba cometiendo un genocidio en el territorio serbio de Kosovo. Contaron con el inestimable apoyo político de la OTAN (el militar no les fue necesario, porque los norteamericanos disponían de los medios necesarios por si solos). Esta guerra de agresión, llamada eufemísticamente campaña aérea, se hizo sin la correspondiente autorización del Consejo de Seguridad de Naciones Unida.

La guerra de Kosovo fue la primera estocada a esa fundamental y decisiva institución de las Naciones Unidas. El Occidente democrático colaboró y ni tan siquiera reflexionó sobra la conveniencia y legalidad de la actuación de la OTAN (léase Estados Unidos). Así que con esa impunidad pocos años después invadió Iraq, una vez más haciendo caso omiso de las Naciones Unidas, y esta vez sí la clara oposición de una parte importante de la población de las democracias occidentales.

Estados Unidos y algunos de sus aliados actuaron al margen de la legalidad internacional al invadir un país soberano con justificaciones poco convincentes, que el tiempo demostró no ser probadas. Ahora, en Gaza y Cisjordania, el Gobierno de Israel actúa impunemente, a pesar de que la Corte Internacional de Justicia, ya dictaminó que Israel deberá detener los ataques en Gaza por presumir que se estaba cometiendo un genocidio, y que la Corte Penal Internacional ha decretado orden de detención contra el Primer Ministro de Israel y algunos de sus colaboradores en el gabinete para juzgarlos por presuntos crímenes de guerra.

Toda la impunidad al amparo de los dirigentes de Estados Unidos y Europa, las mayores democracias mundiales, bajo la dirección de unos personajes elegidos democráticamente. La esperanza de un mundo en paz pasa por la elección de líderes con grandeza humana. Eso depende de todos nosotros. La esperanza de un mundo en paz se construye por no dejarnos influenciar por mensajes agresivos. La esperanza de un mundo en paz comienza por responder democráticamente a los incitadores de la violencia.

Javier Jiménez Olmos

19 de septiembre de 2025