Europa se enfrenta a dos desafíos sin precedentes desde el final de la Segunda Guerra mundial: la salida del Reino Unido de la Unión Europea (UE) y el crecimiento de los populismos de corte nacionalista autoritario. Ambos procesos están relacionados y pueden ser un duro golpe para la unidad de la UE. Tanto el Brexit como el populismo son el resultado de una tremenda crisis socio económica que tiene lugar en Europa desde finales de la primera década del siglo XXI.

La UE es el progresivo resultado del sueño que tuvieron significados líderes europeos (Konrad Adenauer, Alcide de Gasperi, Robert Schuman, y Jean Monet, entre otros) para pensar en la paz y la prosperidad de Europa bajo el lema de “unidad en la diversidad”. Esa unidad se ha ido ampliando con los años hasta configurar la actual UE.

Ha sido condición indispensable para la adhesión a este grupo europeo: la democracia, el Estado de derecho, la economía de mercado y el respeto a los derechos humanos. Desde su origen en la Comunidad Económica del Carbón y del Acero, el proyecto europeo no ha dejado de crecer, a pesar de la complejidad de las relaciones y los inconvenientes de los, a veces, divergentes intereses nacionales.

La Carta de los Derechos fundamentales de la UE es vinculante para todos los Estados miembros y se refiere principalmente en sus 54 artículos a la dignidad, libertad, igualdad, solidaridad, ciudadanía y justicia. Una carta acorde con la Declaración Universal de los Derechos Humanos, “aceptada y proclamada por la Asamblea General en su resolución 217 A(III) del 10 de diciembre de 1948”. Una declaración que parece ponerse en duda por una parte de la población europea instigada por movimientos anti europeístas, cuyos principales altavoces son líderes a los que se denomina populistas, y los que en algunos casos demuestran una ideología próxima a los desaparecidos movimientos totalitarios del pasado siglo XX.

La UE, atacada en su unidad diversa desde dentro, es una organización internacional que unida representa la mayor potencia económica mundial, con el mayor índice de bienestar y democracia en el mundo, con el mayor índice de desarrollo humano (IDH) y la mayor esperanza de vida mundial. Aún con sus deficiencias y dependencia energética, con su envejecimiento progresivo y con sus desigualdades dentro de algunos países y entre ellos mismos, sigue siendo el lugar del mundo donde se goza de mayor seguridad, libertad y bienestar, y donde más se respetan los derechos humanos.

No obstante, la crisis socio económica de principios de este siglo ha conducido a una espiral de descontento, que está siendo aprovechada por grupos sociales y políticos para azuzar contra el proyecto de unidad europea. Lo curioso del caso es que estos grupos que denuncian y renuncian a este espacio europeo de democracia, usan y abusan de esa libertad para sembrar la duda y el desconcierto entre la ciudadanía europea de la calidad democrática la UE

La captura del voto del descontento es su principal objetivo, con el fin de poder obtener mayorías con las que puedan llevar a cabo su ideología autoritaria, xenófoba, excluyente y anti democrática, claramente en contra de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, como también se ha podido comprobar durante la crisis de los refugiados, cuando algunos gobierno europeos y sectores de sus poblaciones han actuado al margen de su obligación humanitaria legal.

Es relativamente fácil recurrir a las emociones más primitivas como el recurso a la identidad y el nacionalismo y, como consecuencia, el rechazo al diferente o al que viene de otro lugar. Ese recurso a la identidad nacional provoca también un rechazo a la globalización, que se refleja incluso en la forma de gobernar de algunos líderes nacionales.

Este populismo identifica como enemigo único la inmigración, a la que responsabilizan de todos los males que afectan a Europa. Efectivamente, el uso repetitivo de mensajes contra los inmigrantes, como “quitan empleo y son competencia desleal con los nacionales , colapsan los servicios de salud pública, copan las plazas escolares y no aceptan estilo de vida país acogida”, calan en la población sin reflexionar ni comprobar la veracidad de estos argumentos.

El colofón de este argumentario es el de la no integración de los inmigrantes, sin tener una propuesta clara de en qué consiste la integración, y sin considerar que esa falta de integración viene condicionada la mayoría de las veces por la pobreza y la ignorancia y que, por lo tanto, la integración debería de comenzar por eliminar la violencia estructural que produce la miseria, la exclusión y la indignidad. Tampoco aprecian que la integración la debería proporcionar un sistema educativo que acabara con la ignorancia de los que no pudieron acceder a la educación, y también para los que habiendo podido hacerlo no la han recibido de un modo abierto, tolerante, respetuoso y compresivo de la diversidad humana.

Existe un cierto temor a una vuelta al pasado más tenebroso de la historia europea, el recuerdo del periodo entre guerras, con el auge de grupos de extremistas violentos que proclamaron terribles dictaduras y llevaron al mundo a la tragedia de la guerra. Conviene estar alerta, porque las consecuencias de no prevenir su expansión pueden causar graves conflictos.

Habría que preguntarse a quién beneficia este populismo destructivo contra Europa. Habría que analizar por qué estos populismos excluyentes, sectarios y reaccionarios, con posiciones poco democráticas, tan alejadas de los postulados de la Declaración Universal de los Derechos Humanos usan, sin embargo, la democracia y las instituciones democráticas nacionales y de la UE para propagar y ejecutar, allí donde gobiernan, sus proyectos políticos.

La señal de alerta de la democracia y el respeto a los derechos humanos en Europa se ha encendido, porque las urnas han dado votos y hasta poder político a movimientos extremistas. Algunos representantes de estos movimientos populistas reaccionarios acusan a la democracia europea de no ser representativa, pero la usan para sus propósitos. Estos populistas sí se auto proclaman verdaderos representantes ¿hasta cuándo respetarán la democracia?

Ya no son pura anécdota, avanzan por toda Europa. En Alemania, Austria, Francia, Grecia, Hungría, Italia, Polonia,  Reino Unido, y hasta en los avanzados y civilizados países nórdicos Finlandia, Dinamarca, Noruega y Suecia, así como en las Repúblicas Bálticas de Estonia, Letonia y Lituania. Y ahora también en España.

Hoy más que nunca es el momento recordar la

DECLARACIÓN UNIVERSAL DE LOS DERECHOS HUMANOS

Javier Jiménez Olmos

8 de diciembre de 2018

 

 

 

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