valla-marruecos-560_560x280Los miserables solo son noticia cuando mueren o cuando matan. Esta vez, como casi siempre, han muerto. Han muerto camino de la esperanza, de un sueño. Soñar, lo único que pueden hacer mientras que les queden fuerzas para vivir. Mueren en el mar, huyendo del hambre, ahogados por un modelo de convivencia que les repudia y les condena a morir o a matar.

Desde el mundo acomodado y egoísta solo se piensa en el bienestar propio e inmediato. No hay otra opción, la educación o adoctrinamiento recibido van en ese sentido. Una formación encaminada cada vez más a conseguir individuos útiles para un sistema que solo conoce de la economía del beneficio ilimitado. Un ultra capitalismo, llamado de un modo edulcorado neoliberalismo, que no contempla otra opción que la del mercado sin reglas a nivel mundial.

Un mundo obsesionado con la seguridad, pero que se olvida que no hay mayor inseguridad que la que proporciona el hambre. Una seguridad que nos transmiten a diario de un modo interesado para convencernos de que los “malos” nos acechan y están dispuestos a acabar con nosotros. Para defendernos de ellos tenemos que buscar soluciones, una de ellas construir muros con alambradas, cuanto más altos sean y cuanto más corten la cuchillas mejor.

Los muros del mundo

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Fuente: “Atlas des migrants en Europe. Géographie critique des politiques migratoires européenne,” Armand Colin. (Nicolas Lambert / MigrEurop

Recordemos el muro de Berlín, construido por los enemigos del pasado, durante el periodo de la guerra fría entre capitalistas y comunistas. El llamado “mundo libre” criticaba esa opción comunista de impedir que las personas se pudieran mover con libertad. Ese muro era el símbolo de la represión contra la libertad individual. Nadie disculpaba, ni justificaba, ni toleraba que se pudiera coartar la dignidad de las personas con cemento y alambres de espino, y con ametralladoras, que también las empleaban.

Hoy en territorio español tenemos también esos muros. Se justifican para impedir la entrada de inmigrantes ilegales. Se les pone un muro con alambres cortantes, y se trata de justificar con argumentos que comparados con la herida o la vida de un ser humano no son nada. ¿Qué puede justificar que una vida humana sufra o se pierda por defender unas fronteras? ¿Qué puede disculpar que los que menos tienen puedan sufrir tanto por tratar de evitar la miseria y la indignidad?

Las leyes lo podrán autorizar los muros de la vergüenza, pero el sentimiento humano se tiene que rebelar contra ese modo tan cruel de impedir que personas tengan esperanza. Deberíamos de sentirnos orgullosos de que quieran, venir con nosotros, a pesar de lo difícil que se lo ponemos. ¿Cómo serán sus vidas como para querer compartirlas con nosotros en estos momentos de crisis?

Personas que mueren tratando de emigrar hacia Europa

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Fuente: UNITED For Intercultural Action (Olivier Clochard/Migrinter)

No debería de extrañarnos cuando también los miserables matan. No es casualidad que las zonas donde más violencia, guerra y terrorismo hay, son aquellas donde la pobreza está más extendida. Un repaso por África Subsahariana para comprender por qué en determinadas zonas se está extendiendo el extremismo religioso y el terrorismo asociado. Mientras que unas minorías, generalmente al servicio de poderes externos, viven en la opulencia a costa de la explotación de unos recursos naturales, cuyos principales beneficios van a manos de las transnacionales del petróleo, el gas, el uranio u otros minerales valiosos. Este modelo económico capitalista desregulado consiente la especulación financiera que arruina a millones de personas, y a muchas naciones; un sistema que proporciona incalculables beneficios incluso con los que especulan con los precios de alimentos básicos como el trigo y el arroz por medio de los llamados “futuros”.

Por eso dije al principio que mueren o matan. No nos puede sorprender ninguna de las dos cosas. Ni los que mueren en el mar o en los muros de la vergüenza, ni los que matan con violencia o cometen sangrientos atentados terroristas en el mundo entero.  La desesperación conduce a caminos  de consecuencias imprevisibles y tantas veces a la tragedia.

Javier Jiménez Olmos

7 de febrero de 2014

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