Ya no quedan palabras para condenar la matanza en Gaza. Con el patrocinio inicial del Presidente de Estados Unidos, el gobierno del Estado de Israel ha sobrepasado todos los límites de la decencia humana. Ahora, los representantes norteamericanos, no han vetado por primera vez una resolución del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, se han abstenido para que se pudiera exigir un alto el fuego, y la liberación de los rehenes en manos de Hamás.

Sin embargo, no deja de ser chocante que, al mismo tiempo, proclamen su respaldo a la política de los israelíes y los estados Unidos continúen proporcionando ayuda militar. Bombas, para seguir causando destrucción y muerte. No obstante, lanzan en paracaídas ayuda humanitaria y consiguen algún pasillo humanitario. Hay que lavar la cara, el colmo del cinismo.

Y a nivel diplomático, nada sucede en el mundo. Nadie se atreve a condenar tajantemente al gobierno israelí, no sea el caso que se enfade “el padrino”. Y quien tímidamente se atreve es denostado, incluso por parte de sus adversarios políticos internos (es el caso español). Y es que la comunidad internacional canta al compás de lo que dictan los poderosos.

Las Naciones Unidas desprestigiadas, desconsideradas y descalificadas por esos poderosos. En el caso de Gaza, más evidente y flagrante por parte de Estados Unidos y algunos de sus aliados. El Consejo de Seguridad dicta una resolución y, olvidándose que las resoluciones de este organismo fundamental de Naciones Unidas son de obligado cumplimiento, considera que no es vinculante.

Estados Unidos y algunos de sus aliados ya sentaron el precedente de la marginación del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, cuando en 1999 la OTAN atacó a Serbia alegando que los serbios estaban cometiendo vulneraciones de los derechos humanos contra la población kosovar. Una organización defensiva atacó durante varias semanas objetivos serbios, algunos de ellos fueron infraestructuras fundamentales como centrales eléctricas (lo mismo que los rusos hacen ahora en Ucrania) y hasta la televisión de Belgrado (también los han hecho los rusos en Kiev).

No hubo resolución alguna del Consejo de Seguridad en ese caso. La injerencia humanitaria se decidió en la Casa Blanca y fue seguida por su brazo armado internacional, la OTAN. Fue el primer rejonazo de muerte al Consejo de Seguridad, después vino Iraq. Que se sepa nadie ha sido amonestado, ni tan siquiera, por semejantes comportamientos al margen del que tiene la capacidad para decidir sobre la guerra y la paz en el mundo, es decir, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. La Carta de las Naciones Unidas lo especifica sin lugar a dudas, convine recordar que todos los Estados miembros tienen la obligación de cumplir lo que dicha Carta establece.

La OTAN, que acaba de cumplir 75 años, es decir el poder estadounidense que es quien comanda, dirige y planifica la OTAN, decide cuándo se debe o no intervenir en una injerencia humanitaria. Así lo hizo en Kosovo, sin resolución ONU o en Libia, aquí sí tuvo consentimiento. Por eso, uno se puede preguntar si en Kosovo o Libia se suponía una vulneración de los derechos humanos contra la población civil, ¿por qué ahora la OTAN, Estados Unidos y sus aliados, no alegan una injerencia humanitaria para defender a la población palestina en Gaza y Cisjordania? ¿por qué si los Estados Unidos y sus aliados de la OTAN apoyan incondicionalmente a Ucrania para defenderse de la invasión rusa de su territorio, no hacen lo mismo para ayudar a los gazatíes de la invasión israelí?

Se seguirá creyendo “el cuento de las armas de destrucción masiva”, que ya nos contaron para invadir Iraq. Ya se encargan algunos significados políticos y, sus fieles seguidores mediáticos de instruirnos sobre el bien y el mal, para que sigamos apoyando sus ansias belicistas que tan pingües beneficios económicos, estratégicos y políticos. Ya se encargarán de convencernos o manipularnos para que sigamos por la senda belicista que nos marcan.

Una ola belicista, una incitación al incrementar gastos militares, un señalamiento de peligrosos enemigos que nos amenazan. Los enemigos del pueblo que quieren acabar con nuestra civilización.

Pero, yo, al menos, intento no dejarme convencer.

Javier Jiménez Olmos

7 de abril de 2024

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